Escribe, escribe sin parar

Ilustración de Miguel Herranz

Ilustración de Miguel Herranz

El dulce hábito de la escritura parecía perdido. Pero de unos años a esta parte, desde que la tecnología monopoliza nuestros comportamientos, la práctica de la caligrafía ha vuelto a recordarnos los mimbres de los que estábamos hechos. Somos papel y tinta, y nuestros sentimientos, las ideas, las dudas que nos paralizan o las fuerzas que nos exaltan, cobran un significado especial cuando las trasladamos a papel, cuando en el acto íntimo de la escritura depositamos en nuestro cuaderno la intimidad más escondida o la intrascendencia más mundana. De papel está hecho el recuerdo de la historia y a ningún otro mejor material podemos confiar nuestro presente o los débiles barruntos de nuestro futuro. 

El cuaderno es el artilugio donde guarecer nuestros pensamientos. La escritura es una incitación por establecer un orden, un esquema, la rutina requerida en los días en que todo constituye una amenaza. En el sencillo acto de la caligrafía anida una voluntad por sanar la aspereza, por volver a unos orígenes que imaginábamos perdidos, al tacto que tan buscamos en los materiales que nos enamoran. 

Un cuaderno es, además, un reto, más aún cuando lo llenamos con la ilusión de nuestros viajes. En el papel depositamos el antes, el ahora y el mañana; la víspera, el camino y el recuerdo. Es posible que de un gran viaje no volvamos jamás, en especial cuando lo escribimos, cuando lo relatamos, cuando la lectura tiene la sorprendente facultad de devolvernos otra vez al lugar donde perdimos un trozo de nuestro corazón.

Cuaderno de notas (formato grande)
21.90
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Javier Pascual